El Dolmen de Soto

Las discusiones y teorías de los arqueólogos en torno a la localización de Tartessos y los hallazgos realizados durante estos años con los que se trata de apoyar su ubicación en Huelva, e incluso la posibilidad de un poblado tartésico en las proximidades de Trigueros, vuelven a poner de actualidad la importancia arqueológica de nuestro pueblo. La vieja teoría, mantenida entre otro ilustre triguereño Pérez Quintero, de identificar Trigueros con la población céltica de Conistorsis o Cunistorgis vuelve a resurgir.

Por lo tanto, parece ahora oportuno la publicación de unas líneas sobre el descubrimiento y localización del Dolmen de Soto, que hasta la fecha es el monumento prehistórico más importante de la provincia de Huelva. Y para ello nos valemos del extenso trabajo publicado por Huego Obermaier (arqueólogo alemán, más tarde nacionalizado español, que tuvo a su cargo el estudio y análisis del Dolmen tras su descubrimiento en 1.923). Dicho trabajo, con abundancia de ilustraciones, fué publicado íntegro por el “Boletín de la Sociedad Española de Excursionistas” en el año 1.924. Dada su longitud, sólo recogemos aquí su introducción, la carta que dirige a Obermaier el propietario de la finca Armando de Soto, y las conclusiones finales del citado arqueólogo.

El Dolmen de Soto, mausoleo importantísimo de la Edad del Cobre (3.000-2.500 años antes de Cristo), se encuentra en el cabecillo del “Zancarrón”, enclavado en la finca de “La Lobita”, pertence al término de Trigueros, en el límite oriental de la provincia de Huelva.

Para visitar este monumento arquitectónico, el arqueólogo se dirigirá por la carretera Sevilla-Huelva hasta llegar, entre los pueblos de Niebla y San Juan del Puerto, a la mitad del kilómetro 619 y a la bifurcación del amplio ramal, que el Sr. de Soto construyó a la derecha de la carretera, de la que para llegar al hipogeo hay una distancia de kilómetro y medio.

Dista el dolmen del mar (Puerto de Palos) en línea recta 18 kilómetros, y del río Candón, afluente del río Tinto, unos 500 metros.

El nausuleo está construido, como la mayoría de los monumentos similares en el interior de un túmulo (“El Zancarrón”) bastante suave, de forma casi circular y de 75 metros de diámetro, que se destaca perfectamente del llano que lo rodea. Este cerrete, completamente artifical, es una acumulación considerable de tierra blancuzca, con la que están entremezclados pequeños fragmentos de piedra y que fue traida desde lejos, pues no se encuentra en toda la finca. Solamente en la base aparece la tierra rojiza, típica del subsuelo normal.

En la cúspide del cabecillo se levantaba desde el año 1.919, una casita de guarda, edificio que ha sido demolido y reedificado.

El descubrimiento y la exploración del Dolmen se debe al Sr. de Soto, propietario de aquella finca, y no podemos hacer nada mejor que publicar en este lugar el interesante y ameno relato que tuvo la bondad de dirigirme por carta desde Sevilla, con fecha del 5 de Octubre de 1.923.

“Mi distinguido y querido amigo: Me pide Vd. que le haga la historia de cómo descubrí mi monumento y realicé las excavaciones, así como detalles de los sitios donde encontré el ajuar funerario.

Aunque las excavaciones han durado ocho meses y no he ido haciendo crónica diaria, me ha intersado tanto este trabajo, me ha proporcionado talers emociones en todo ese camino de lo desconocido, siempre con la ilusión de encontrar algo nuevo, que todo ha quedado en mi imaginación impreso como en cinta cinematográfica, lo que me permite relatar los hechos y ordenarlos como si tuviera delante su crónica.

A mi buen amigo el simpático y popular D. Juan Vides Alamo, de Trigueros, inteligentísimo labrador y ganadero a la moderna, debo la iniciativa de mi descubrimiento, pues me facilitó copia de una Acta del Ayuntamiento de Trigueros del dia 8 de Enero de 1.823, en la que aparece una diligencia de demarcación que al pié de la letra dice de cierto terreno que “linde por el Poniente con el Cabecillo del Zancarrón donde está enterrado Mohamed Ben Muza, a quién se debe la primera obra algebraica, pues la publicó en el siglo octavo, que contiene la solución de las ecuaciones de segundo grado”.

En dicho cabecillo acababa yo de construir de nueva planta la casa del guarda de “La Lobita” y recordé que elmaestro albañil me había dicho que en algunos sitios se había ahorrado el profundizar los cimientos por haber dado enpiedra casi a flor de tierra. Interrogado elmaestro albañil Manuel Fuentes, de Lucena del Puerto, que allí holgaba por ser el día 1º del año (de 1.923), me aseguró que a medio metro de profundidad y tangente al cimiento había visto él una piedra muy grande. Cogió la piocha y, dicho y hecho, antes de una cuarto de hora me descubrió a 95 cm. de la superficie la extremidad de una piedra horizontal. Así logramos descubrir como un metro de largo de la piedra que me figuraba ser tapamento de la sepultura del sabio moro. Basta por hoy, dije a Manuel Fuentes, que es un día muy grande para trabajar.

Al día siguiente, con cuatro hombres, logré dejar al descubierto una piedra de 3,25 de largo por 0,70 de ancho, y otra junto a ella en el mismo plano, de parecidas dimensiones. Sin elementos para sacar a flor de tierra esas piedras, por vehemencia o ignorancia accedí a la proposición de romperlas con un mazo de hierro caso por el centro o sea porel único sitio que sonaba a hueco. Para desplazar las mitades fué preciso ensanchar el corte de tierra formando dos planos inclinados; con mucho personal, al otro día y por medio de cuerdas y palancas, logramos quitar la piedra de la famosa sepultura. Toda ella estaba llena de arcilla durísima y solamente donde había sonado a hueco faltaría como 15 centímetros de relleno.

A la semana de estar sacando tierra, mi desilusión fué grande, pues habiendo profundizado metro y medio teníamos dos piedras verticales de cada lado descubiertas, como paredes laterales del “sepulcro” y nada habíamos encontrado de restos humanos, moneda ni cerámica. Me parecía inútil continuar aquel trabajo, mucho más haciendo falta el personal para otros de urgencia y resolví abandonarlo; pero todo el mundo sabe lo que puede en un marido la voluntad de su mujer, y la mía se había forjado tales ilusiones con el soñado hallazgo, que llegó a decirme que ella proseguiría los trabajos. Antes deseo tan vivamente manifestado, se reanudaron los trabajos con mayor empuje a los 4 días. Confieso pues que, sin su entusiasmo, nada hubiera hecho.

A los 8 ó 10 días de los nuevos trabajos habíamos descubierto otra losa de techo y otras dos verticales de modo que teníamos ya unos cuatro metros de longitud con dos paredes de grandes piedras; pero como aquéllo tenía trazas de ser una galería subterránea y encontramos una hacha prehistórica de piedra pulimentada, de buen tamaño, ya pude pensar que se trataba de un dolmen, puesto que teníamos delante varias piedras verticales con otras horizontales de techumbre.

Siguieron los trabajos de excavación con mucho cuidado en la galería, desde el centro hacia ambos lados o extremos, siendo descubierta la piedra grande del techo y habiendo encontrado dos hachas y algunos restos humanos. En este periodo de las cosas, vinieron desde Huelva a ver mis hallazgos el docto presidente de la Sociedad Colombina Sr. Marchena Colombo y el gran Manolo Siurot, el hombre cumbre de la pedagogía, el que ha dedicado su vida entera el niño pobre amándolo con ternura de padre, y a crear maestros aptos para que lo imiten. Manolo Siurot se merece que todo el mundo lo quiera tanto como yo. Ambos amigos me confirmaron que se trataba de un domen cubierto diciéndome que por lo que ya se podía apreciar, iba a ser un monumento importante. Siguieron las excavaciones en la forma indicada, sacándose toda la tierra por medio de una cabria y un tiro. Por estar la arcilla tan compacta y tan dura como la argamasa, había que trabajar a punta de piocha y retirarla con azadas y palas, teniendo los obreros orden terminante de suspender los golpes en cuanto encontraran restos humanos o cerámica. Se intentaba la extracción de los mismos siempre con mucho cuidado; pero por la acción del tiempo y la presión se deshacían en cuanto se trataba de sacarlos de la masa dura con la punta de la navaja, operación que muchas veces hacía yo mismo, logrando algunos huesos sin romper, en mayor cantidad los de cráneos. Sólo he encontrado restos de ocho cadáveres en siete sitios distintos, con la particularidad de encontrarlos todos junto a la piedras verticales como a unos ochenta centímetros del suelo del dolmen. Dichas piedras verticales tenían siempre signos toscamente grabados, y en todas estas siete piedras, debajo de los signos, se encontraban restos de cerámica con huesos de cráneos, como si hubieran apoyado la cabeza del cadáver en platos o cuencos de barro, cuyos pedazos conservo. Los restos de cada cadáver siempre ocupaban muy poco espacio y nunca se presentaron en sentido horizontal, lo que me hizo pensar, por lo que había estudiado, que aquéllos cadáveres habían sido enterrados en cuclillas y probablemente atados.

Todos los restos humanos tenían a un lado hachas y al otro cuchillos, cinceles o puñales, y dos de aquéllos, además de lo dicho, conchas como las de los peregrinos. Con los restos de una madre con su hijo que se hallaron debajo de un signo que los representa, signo que Vd. me descifró estaban el precioso puñal y el brazalete de hueso que, por su pequeño diámetro se conoce que pertenecería al niño.

Las piedras de techo que faltan al final del dolmen, osea en la cámara grande, no cabe duda que fueron destrozadas recientemente para aprovecharlas en construcciones, puesto que he encontrado en varios trozos, algunos grandes, las huellas de los barrenos cuyo uso es de ayer mañana.

Se conoce que por la acción de las aguas y las labores sobre aquel túmulo artificial de tierra acarreada por los constructores del dolmen, quedarían al descubierto algunas partes de esas piedras, incitando a alguien a aprovecharlas, y que si no vieron más o no quisieron tomarlas fué porque todo el dolmen estaba lleno de esa argamasa tan compacta y tan recia. Gracias a ésto, no ha sido saqueado y destrozado el monumento.

Por feria de Abril, tuve la suerte de que se encontrara aquí, con su encantadora hija Gabrielita, el señor Conde de la Mortera, a quién relaté aproximadamente lo que llevo ya escrito y después de examinar casi todo el ajuar funerario y las fotografías del dolmen, tomó con mucho empeño que fuera Vd. quien lo estudiara y lo presentara a la Academia de la Historia para mi mayor garantía y de la Corporación. Sin pérdida de tiempo le comunicó su pensamiento al Duque de Alba, quien entusiasmado, como siempre, con todo lo relativo a descubrimientos y hallazgos prehistóricos, tuvo conmigo, entre otras muchas deferencias, la de indicarme que al día siguiente se marchaba a Madrid para cumplir con su deber ciudadano de votar en las elecciones a Diputados, y que enseguida regresaría en compañía de Vd., como en efecto sucedió, pues no podía esperarse otra cosa de la amabilidad de Vd. y de la eficacia de tan excelentes padrinos.

Señalo con piedra blanca el 1º de Mayo de 1.923 en que Vd., el Duque, y nuestro buen amigo Santiago Montoto, que con tanto interés había ido siguiendo mis investigaciones, me hicieron el honor de acompañarme a visitar el monumento. En esa memorable visita escuché de labios de Vd. muy sabiios y amables consejos que he procurado seguir puntualmente, para lo cual he consolidado las tres piedras verticales que amenazaban desplomarse y he sostenido con viguetas las dos piedras del techo que partí para buscar la “sepultura del moro” y otras dos más que estaban partidas por el centro y aún no se habían desprendido. También ha quedado terminada la bóveda de sillería que suple las piedras del techo que faltaban.

Espero con verdadera impaciencia que venga Vd. pronto a estudiar detenidamente el Dolmen, para poder cumplir su ofrecimiento que tanto me halaga, de presentar ese trabajo, que seguramente será notabilísimo, a la Real Academia de la Historia. Así quedaré yo tranquilo de haber procedido en todo a su completa satisfacción, que será la mayor garantía de acierto, y así contribuiremos ambos a perpetuar el gigantesco esfuerzo de aquellos primeros pobladores de España, que tan grandioso culto rindieron a la muerte.

Con todo respeto le saluda muy afectuosamente su atento amigo y admirador q.b.s.m.

Armando de Soto”.

Hasta aquí la extensa y respetuosa carta del propietario de la finca y descubridor del dolmen. El arqueólogo Hugo Obermaier expone luego un aplísimo y detallado estudio del monumento y de otro pequeño y destruido dolmen próximo al que nos ocupa, con relación de las piedras, de los grabados, de los aquí por su gran extensión, citando tan sólo, a continuación, las conclusiones finales a que llega el famoso arqueólogo y profesor alemán.

No se puede poner duda que el domen de soto y el anejo a él pertenecen al pleno Eneolítico (3.000-2.500 años antes de Cristo). Está comprobado ésto por su gigantesca y complicada arquitectura que marca una habilidad constructora característica de la época mencionada. La misma fecha cronológica se deduce del ajuar funerario depositado junto a los cadáveres como ofrendas necesarias para la vida de ultratumba. Entre aquellos utensilios y adornos figuran objetos de marfil, y una flecha de silex de tipo muy fino, un puñal de cobre y restos de cerámica que reflejan claramente la cultura eneolítica que representa al mismo tiempo el apogeo de la “Edad de Piedra pulimentada”. Es extraño que el domen grande no nos haya proporcionado nada de cobre y que en ninguno hayan aparecido ídolos de piedra, a pesar de no haber sido expoliados, según deducimos de todas las apariencias. Esta falta está bien compensada por el número considerable y variado de representaciones gráficas en las paredes, y por esta misma razón prescindieron quizás aquellos pobladores de dotar a sus difuntos de aditamentos en forma de pequeños ídolos sueltos. ¿Pero quienes eran aquellos constructores que vivían entonces en aquella región fértil, en medio de campos amenos y rodeados de rebaños abundantes, y buscando con avidez en las orillas del río Tinto, en las entrañas de la tierra, el cobre, más apreciado en aquella época que el mismo oro?. Las teorías antiguas que atribuyeron los dólmenes a los celtas y a sus cultos “druidícos” están hoy totalmente desechadas, pues los celtas entran en España solamente hacia 600 años a.C. procedentes del sur de Francia, o sea unos 2.000 años después de la construcción de aquellos monumentos. También queda eliminada la hipótesis de que hubo un “pueblo de los dólmenes” que recorrería considerables porciones de Asía, Africa y Europa, dejando como testigos de su paso aquellas construcciones megalíticas. Las investigaciones antropológicas han demostrado que no hay en los dólmenes en modo alguno comunidad de raza. Conviene no olvidar que el problema de la etnología histórica de nuestra península está en parte aún por resolver. ¿Hay que considerar como los constructores de los megalitos del suroeste de España a los pobladores indígenas que descendieron directamente del pueblo que ocupaba aquellas regiones ya en la época de la piedra tallada? (Capsiense). ¿Es más lógico que estas obras se deban a un nuevo pueblo llegado de Africa, al parecer, y que es el que más adelante perdura en el pueblo Ibero?. Lo único cierto es solamente a fines de la Edad del Bronce empiezan a alumbrar los primeros albores de la Protohistoria. Aproximadamente desde 1.300-1.200 a.C. se concreta a orillas del Guadalquivir un primer “Estado”, el “reino” de los Tartessios, riquísimo en toda clase de productos de agricultura, ganadería y sobre todo en metales. A su pacífica capital (Tarshich, Tartessos), cuya situación exacta se ignora afluía una inmensa riqueza metalúrgica, entre ella la plata y el plomo de las minas de Sierra Morena, el cobre de la cuenca del río Tinto, y el estaño importado de las islas Cassitérides”, esto es, de Galicia. Para acaparar aquél tráfico lucrativo y obtener el monopolio comercial dentro del Mediterráneo, los Fenicios fundaron, según la tradición, hacia 1.100 a.C. la factoría de Gadir (Gades, Cádiz), supeditándose sin grandes esfuerzos a Tartessos que se vió desde entonces cerrado el paso por el estrecho de Gibraltar y fué destruido por los Cartaginenses hacia el año 500 a.C. Dentro del reino de los tartessios, y en su más importante región están enclavados los famosos centros dolménicos de Antequera y de Sevilla y elmaravilloso monumento de Trigueros. ¿Nos autoriza este hecho geográfico a considerarle como obra tartessia”? No lo creemos, pues aquellos dólmenes pertenecen a la época entre 3.000 y 2.500 a.C. y los tartessios aparecen, con fecha algo segura, únicamente unos 1.500 años más tarde, en quella región seguramente muy codiciada por sus riquezas y que ha podido sufir por esta razón, en aquel intervalo, más de una invasión de pueblos conquistadores. En vista de esto nos parece más prudente resistir a la tentación comprensible de relacionar aquellos megalitos con nombres concretos de la Protohistoria.

Esto no rebaja la extraordinaria importancia ni de la gigantesca cueva Menga, ni el dolmen elegante de Matarrubilla, ni del hipogeo hallado por el Sr. de Soto, cuyo nombre quedará por siempre ligado a uno de los más resonantes descubrimientos arqueológicos que se han registrado en España durante los últimos lustros.

Y los visitantes del mausoleo del Cerro del Zancarrón, tan dignamente conservado por el Sr. de Soto, estudiarán con honda emoción aquellos grabados extraños que les hablan de mortales desaparecidos hace 5.000 años, de comunidad de cultura o de uniformidad de creencias misteriosas desde el Mediterráneo hasta la Bretaña francesa y la Isla de Irlanda.

HUGO OBERMAIER. Revista de S. Antonio Abad. Trigueros (1982)

Published in: on 8 agosto 2008 at 10:05 pm  Dejar un comentario  

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